viernes, 2 de diciembre de 2011

Sed de tragedia.

Ella solo miraba películas tristísimas. Solo se interesaba por las historias trágicas, los personajes que caían, inevitablemente, en la peor de las desgracias y en la más profunda miseria. No había opción para ellos; nunca. Que se presentase una alternativa a esa plétora de calamidades era impensable, de locos. Sería... demasiado serio, demasiado real. Demasiado..., como le habría dicho una vez aquel señor alto como un poste de luz, e iluminado como pocos: "adulto". Demasiado adulto. Tener una opción. Poder elegir entre dos desgracias igualmente deprimentes. Perder sin importar qué se elija. ¿Qué era eso? ¿Cuál era la gracia de elegir, si no había posibilidad de escapar del torrente de consecuencias nefastas que venían con la decisión?

Ah, sí. Entonces ella prefería ver a estos personajes patéticos que terminaban, invariablemente, sumidos en desdicha, como forzados por el destino. Como si al nacer, junto al nombre y el agujerillo de caravanas para las nenas, se les asignara también un destino aciago. Los acompañaba por un momento, completamente hipnotizada, y se conmovía enormemente. Lloraba, también. Lloraba amargamente, con una empatía que nunca había podido invocar para sus seres conocidos; no, estos siempre la dejaban fría, fría y ensopada por una lluvia de culpa que acudía siempre que veía que se desvíaba de la norma.

Ella solo miraba películas tristísimas. Y lloraba. Lloraba, más que nada, porque siempre lloraba. Y siempre lloraba por una simple razón: no había nada en su vida, ni lo habría nunca, algo tan triste como lo que veía en la pantalla de su tv, día tras día.

martes, 22 de noviembre de 2011

Parque de atracciones.

Hubo un día, tiempo atrás, en que mi presente era utopía. Un día en que imaginarte era lo más parecido que podía lograr a tenerte. Un día en que soñar era mejor que estar despierta. No recuerdo casi esos días, pero sé que los hubo.Y sin embargo, cada uno de esos oscuros días se me antoja en retrospectiva, hermoso en sí mismo, cada uno dotado de una incuestionable magia. Cada uno parte de una historia que debía ser contada, cada uno una de estas palabras, cada semana una oración en la más calculada prosa, cada mes un párrafo que encerraba mi yo en espacios temporales que se llenaban con significantes vacuos, desprovistos de literatura, como las instrucciones de un electrodoméstico que ni siquiera llegan a dejar la caja.

Sí, cada uno tan prolijo y ordenado como el párrafo que antecede.

Hasta ti.

Eras tú, la que llegabas y todo lo habías cambiado.

ahora podía ver
-sin cerrar siquiera mis dos esferas hipnotizadas-
tus piecitos danzantes
escapándose por entre las sábanas
tu hilera de chiclets mentolados
asomándose por entre los
trampolines escarlatas de tus labios

ahora podía no solo ver,
podía regocijarme
en tu parque de atracciones
(adiós Disney, otra vez será)
y deslizarme por la suave curva de tu rostro

Tú, tú, tú,
tú habías llegado
a gobernar sobre el orden,
a conquistar un descampado,
tú habías llegado
y contigo el magnifico caos
de los cuerpos que bailan al ritmo de la poesía.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mi constante.

En la furia irrevocable,
de mis estados alterados,
-absolutamente impermeable-
hay solo una cosa
que me trae de vuelta:
tu inagotable ternura.
Tú,
mi constante.

martes, 11 de octubre de 2011

Tic tac no more.

Ese tic tac del reloj,
endeble cuerpo del tiempo,
afanándose por existir
y nuestra vida catalogar.
Ese tic tac del reloj,
que se mata por interesar:
ella llegó y remplazó,
Ese tic tac del reloj,
que ella destronó...
Ella, solo ella,
extinguió, ese pesar de las horas
acumulándose sin finalidad;
ahora no se cuentan minutos,
se cuentan solo los nuestros.

y los solos.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

CC al mundo.

¿Cómo podía atreverse
a concederle
siquiera un segundo
a quien no fuera yo?
A dejarla entrar.
A que sea necesaria.
A que sea extrañada.
¿Cómo?
¿Cómo
cuando yo
había pretendido expulsarla?
¿Cómo,
cuando debería bastar conmigo?
No...
Así no.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Te brillaré; un día, te brillaré.

Nunca;
esferas tan brillantes.
Jamás;
aquel resplandor.
Los suyos,
nunca juzgaban
pero dolía mirarlos
como al sol,
...ver en ellos reflejada,
mi diminuta figura en llamas,
insignificante,
enmarcada en fina avellana.
Añoraba aquel día
que aquel divino portaretratos
encerrara en su reducido centro
mi imagen, sí,
pero digna, de una vez,
y,
finalmente,
inmutable.

sábado, 20 de agosto de 2011

De como la soledad revelaba verdades absolutas decisivamente extravagantes.

¿Quién, si no tú, entonces?

Vivía la distancia como una especie de amputación. Observaba su cuerpo torpe e inútil; un cuerpo que ya no sabía cómo comportarse cuando no se veía envuelto en su danza primaria, aquella que nacía de las profundidades de los cuerpos confundidos, aquella cuyo objetivo último era el amalgama de esas masas de extremidades que se apretaban casi hasta la asfixia. La asustaban un poco esos contornos borrosos, la indefinición de las líneas, las que, indudablemente, les daban dos nombres; nombres que no compartían. Sí, definitivamente la distancia la ponía en un humor reflexivo; su cabeza parecía disfrutar este bienvenido co-protagonismo, y se entretenía con cuestiones serias e importantes, como si condujeran a algo, como si no fuera cierto que se esfumarían en volutas de humo perfumado tan pronto hundiera su rostro en aquel exquisito pecho de porcelana. Pero aún así tramaba planes y esquemas, y se deshacía en interrogantes existencialistas, amparando los vestigios de una identidad desnutrida, como le gustaba llamarla entre risas, para despertar el interés del encandilado maniquí que yacía lánguido y desesperanzado. En esto, la voz de la razón se anunciaba desde el centro, evocando un antiguo mito: el suyo era un cuerpo dividido, cuyas partes se anhelaban, cohabitado por dos esencias únicas que se amaban. Ahora sí, no había nada que agregar.

Terminadas estas palabras, sonrisa traviesa en cara, (des)cuento las horas para tu regreso.

lunes, 8 de agosto de 2011

Por ahora una ficción.

Me asusta:
tu ausencia;
de minutos,
pocas horas,
en que la norma,
nos divide;
me asusta,
por lo intenso
de la angustia;
me asusta:
por pensar,
que si la ausencia fuese eterna,
(ya) no habría salvación.