viernes, 2 de diciembre de 2011

Sed de tragedia.

Ella solo miraba películas tristísimas. Solo se interesaba por las historias trágicas, los personajes que caían, inevitablemente, en la peor de las desgracias y en la más profunda miseria. No había opción para ellos; nunca. Que se presentase una alternativa a esa plétora de calamidades era impensable, de locos. Sería... demasiado serio, demasiado real. Demasiado..., como le habría dicho una vez aquel señor alto como un poste de luz, e iluminado como pocos: "adulto". Demasiado adulto. Tener una opción. Poder elegir entre dos desgracias igualmente deprimentes. Perder sin importar qué se elija. ¿Qué era eso? ¿Cuál era la gracia de elegir, si no había posibilidad de escapar del torrente de consecuencias nefastas que venían con la decisión?

Ah, sí. Entonces ella prefería ver a estos personajes patéticos que terminaban, invariablemente, sumidos en desdicha, como forzados por el destino. Como si al nacer, junto al nombre y el agujerillo de caravanas para las nenas, se les asignara también un destino aciago. Los acompañaba por un momento, completamente hipnotizada, y se conmovía enormemente. Lloraba, también. Lloraba amargamente, con una empatía que nunca había podido invocar para sus seres conocidos; no, estos siempre la dejaban fría, fría y ensopada por una lluvia de culpa que acudía siempre que veía que se desvíaba de la norma.

Ella solo miraba películas tristísimas. Y lloraba. Lloraba, más que nada, porque siempre lloraba. Y siempre lloraba por una simple razón: no había nada en su vida, ni lo habría nunca, algo tan triste como lo que veía en la pantalla de su tv, día tras día.

2 comentarios:

  1. Uf, demoledor, te deja pensando también.

    Saludos.

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  2. lo desconcertante es que la protagonista llore por carecer de ese determinismo fatal, que llore porque solo pueda empatizar un dolor tan intenso en las películas al no tener aplicación práctica a su alrededor. extraña sed.

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