domingo, 27 de junio de 2010

Mugre.

Contengo la respiración y cierro los ojos con fuerza; espero. 30 segundos. No es mucho, pero mis pulmones son pequeños, no importa. De pronto mi torso se choca contra la brisa templada de otoño y siento un escalofríos. Avanzo manteniendo el ritmo hasta que solo mis pies están cubiertos de agua. Aquí me detengo y respiro hondo. Ya no tengo frío. Doy un par de pasos más, esta vez no tan rápido. La arena húmeda debajo de mis pies apenas parece notar mi presencia. Me paro firme, segura de que me sostendrá. La miro y sonrío; mis pies están inmaculados. Toda yo también. Me había asegurado de ello, pero ahora hay que seguir.

Doy unos pasos seguros y breves. Compruebo los daños. Todo en orden. Doy unos más, pero comienzo a sentir las diminutas piedras inquietarse un poco. Ya no permanecen en sus lugares, sino que las siento temblar ante mi presencia. Esto me preocupa, así es que decido avanzar con más cuidado. Levanto una pierna tras otra con esmero, y las vuelvo a apoyar con extrema meticulosidad. Bajo ningún concepto es aceptable ensuciarme otra vez. Pero a medida que avanzo y la arena se hace más inestable, considero que esta empresa se torna más y más peligrosa.

De repente la siento. Una única piedrecilla descansa impasible cerca de mi dedo meñique. ¿Qué hacer? Podría volver al mar y comenzar de nuevo, o mejor, podría volver y no moverme de allí. Decido continuar, es tan solo una, no es tan grave después de todo. Mientras me alejo de la tranquilidad del océano, el suelo va perdiendo su firmeza, y las pequeñas piedritas se hunden a mi paso, dejando atrás una huella cada vez más profunda. Mi andar se torna aun más lento, pues requiere mucho cuidado avanzar sin ensuciarse. Busco apoyarme siempre en aquellas áreas de la superficie que representan el menor riesgo. Ah, pero para qué, las pequeñas piedrecillas que circulan mi pies comienzan a rodar hasta caer en ellos, que ya no se ven tan limpios. Las ignoro y sigo caminando con más ahínco. Parece que cuanto más esfuerzo le pongo a un paso limpio, más piedritas se pegan a mi piel, descaradas y burlonas.

No. Ya no puedo soportarlas más. Me detengo en seco y me analizo escrupulosamente. Siento el agua salada bañar mi cara otra vez. Mi cuerpo se deshace en espasmos de dolor al contemplar en lo que me he convertido. Siento deseos de ahogarme en esta suciedad, de cubrir cada ángulo de mi cuerpo en ella y por fin desaparecer. Fracasé. Estoy sucia. Sucia. 

4 comentarios:

  1. te devuelvo el comentario... gracias por pasarte, me encanta lo que hay para leer por acá. voy a seguir y sin dudas nos seguimos leyendo.

    besos

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  2. que la suciedad se te pegue es inevitable y como bien decís cuanto mas cuidado le pones mas se te pega lo importante es como se enfrenta la situación

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  3. Es cierto. Pero a veces no importa lo que uno haga para remediar la situación o por más que uno la enfrente de la mejor forma que pueda, se ve la mancha de suciedad que todo lo opaca.

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  4. en algunas ocasiones esa mancha es lo que le da personalidad al ojeto o persona, lo que lohace especial de alguna forma

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