martes, 3 de agosto de 2010

La niña de los caramelos de colores.

La pequeña niña siempre llevaba los bolsillos repletos de caramelos. En realidad a ella no le gustaban demasiado, pero sabía que a la mayoría de la gente sí, y contaba con ellos para hacerse más simpática. No era de hablar mucho; más bien era de esas niñas serias, de ojos puros y mirada adulta, que habían visto en sus cortos años cosas que habían acabado con la sencillez propia de la edad, pero que no habían logrado mancillar su candor y tierna ingenuidad.

Aquel día su tía -quien la iba a buscar todos los días al colegio- se tardaba más en llegar que de costumbre. Solía esperar entre veinte y treinta minutos, pero ese día demoró el doble. Las primeras semanas de espera, las había transcurrido sentada en las escaleras, observando al reducido grupo de niños que también debía esperar largo rato luego de finalizadas las clases a que vinieran por ellos. Algunos jugaban ping-pong, un juego que a ella se le hacía muy divertido, pero que le daba vergüenza jugar entre los relegados de las tardes de escuela. Eran casi todos varones; hoscos, con las cajitas fluorescentes de los aparatos colgándoles del cuello, groseros y brutos, todos. El más grande de todos, Bruno, era también el más inhumano. Casi la doblaba en estatura. La atemorizaba, su forma de hablar gritando, sus modos impetuosos, su andar rudo y su mirada sádica. También le daba lástima.

La fascinaba ese personaje desalmado, feroz. Sentía deseos de acercársele, no sabía bien por qué. Luego se había dado cuenta de que quería encontrar su dulzura, quería domar a la fiera, quería templar un alma despiadada y sentir su calor. Lo observó durante meses, sentada en las frías baldosas de la escalera. A veces lograba intercambiar algunas palabras con la bestia, y notó que a ella la trataba con más cordialidad que al resto. Esto la alegró. De vez en cuando lo convidaba con algún caramelo, y él le devolvía una sonrisa repleta de metal.

Ese día el frío del invierno había amainado un tanto, y los niños, entre ellos Bruno, salieron al patio de enfrente a jugar. La pequeña niña llegó unos minutos más tarde, cuando todos estaban ya enfrascados en sus juegos. Buscó a Bruno con la mirada y lo encontró arrodillado en el suelo, concentrado en un punto fijo del pavimento, pero no podía discernir en qué. Se acercó y lo vio rascando un chicle mugriento que había estado pegado al piso quien sabe por cuánto tiempo. Apoyó apenas su diminuta mano en la imponente espalda del chico:

- ¿Qué hacés? -preguntó con timidez.
- Saco el chicle... -devolvió sin darse vuelta. Y tras una pausa, se incorporó por un momento y le dijo -si querés te convido.

La pequeña niña trató de contener un gesto de desagrado, sin demasiado éxito, pero Bruno lo notó. Pareció entristecerse, pero pronto reanudó su tarea. La pequeña niña, totalmente desconcertada, lo volvió a tocar levemente en la espalda, y le ofreció un caramelo.

- No, quiero chicle.
- Dale, tengo uno de sandía.
- ¡No! Te dije que quiero un chicle.
- Pero es un asco eso, Bruno.
- ¡No es un asco! ¡Callate, estúpida!
- Sí, es un asco, está todo pisoteado y sucio...

Al principio no sintió dolor. Luego pudo notar como cada milímetro de su cabeza parecía estar siendo tirado de diez mil anzuelos que halaban sin cesar, y al otro lado los dedos gruesos de uñas cortas y negras del animal, que cinchaba desenfrenado, que corría a toda velocidad de un lado a otro del patio, la mano apretando los cabellos rubios, el pequeño cuerpecito lacerado que lo seguía como un perro callejero, y los caramelos de todos colores desparramados por el piso, repudiados.

6 comentarios:

  1. eso es por no dejar vivir! cant buy me looooooveeee! (8)

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  2. Qué increíble lo que escribiste!
    Me encanta como escribís, te felicito.
    Un beso.

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  3. Gracias a todos por los comentarios. :)

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  4. muak te amo esta genial


    lau

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