martes, 5 de julio de 2011

Warning: palabras escritas bajo los efectos de la droga (puede que me refiera a la felicidad.)

Amanecía en una burbuja de calor, desconcertada por la tranquilidad de su estómago. Los terremotos de ansiedad habían dado paso a esa otra sensación que algunos asocian con aquellos insectos voladores que se posan en las flores. Flores, perfume, shampoo. Aspiraba hondo. Sonreía, sonreía sin parar. Y los ríos de agua salada danzaban en sus mejillas rosadas. Y se daba vuelta. Y la deslumbraba. Toda ella, sí. Pero la hilera de cubitos nevados en especial. Como mini cubitos de hielo. Pero estos irradiaban calor. Sonrojaban sus mejillas, otra vez. Y aparecía en ella también, su tímida sonrisa en el rostro iluminado, incapaz de resistirse a su entusiasta compañera. Pensaba que mientras pudiera lograr invocarla, a ella, tan cándida, tan magnífica, todo estaría bien. Quería grabarla en su mente a fuego, para siempre, y así poder contemplarla cuando los días grises amenazaran su euforia. Pero más que nada, quería protegerla. Quería hallar la manera de que persistiera en el tiempo. Una fotografía no bastaba. Así es que se había auto-designado la sublime tarea de hacer que aquel maravilloso rostro llevase siempre puesta su divina sonrisa, y que no faltase nunca, como los cubitos de hielo en la heladera.

3 comentarios:

  1. Yo también quiero auto-designarme la misma tarea. Besos.

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  2. Detener el gesto, hacer lo posible para congelarlo y tenerlo a mano cuando los días no sean tan amables.

    Abrazo.

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  3. David: ¡Pues hazlo! Créeme que no hay nada más bonito.

    Emilia: Justamente eso. Y si no se puede eso, hacerlo renacer una y otra vez. Eso también sirve. :)

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