"No había nada que temer", se dijo para sí. Como siempre, exageraba. ¿Cuándo había sido la realidad suficiente para contentar sus caprichos de niña criada por películas de Disney? (A quien, vale aclarar, había querido odiar pero nunca pudo.) Sin duda estaba ignorando algo. Sin duda se estaba permitiendo pasar algo por alto, ¿pero qué?
Estos pensamientos la atacaban en las horas de soledad, cuando los superlativos parecían absurdos e imposibles. Entonces lograba racionalizar la situación, quizás asemejando su pensamiento al criterio de la mayoría de las personas que la rodeaban. Pero en el fondo no la convencían. Había algo en esa quimera que resonaba con su instinto más primitivo. Como muchas otras veces, encontraba que la paradoja que es el ser humano era una creación defectuosa. ¿Por qué, si no para torturarlo, se le entregaba a un animal una herramienta intelectual como la razón? La polarización de estas características era directamente proporcional a la probabilidad de implosión que poseía cada uno de estos a veces desdichados seres.
Pero como mencioné anteriormente, estas reflexiones la asaltaban cuando sus sentidos no estaban siendo arrasados por los torrentes de estímulos que su anhelo explicitado le brindaba. Bastaba enterrar el rostro en esa maraña de cabello otoñal-primaveral para que su mente entrara en un estado de ensoñación parecido al éxtasis. Esos cabellos largos, de princesa. "Quizás Disney no estaba tan equivocado": y se le dibujaba una sonrisa que ya no la dejaría en todo el día.
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jueves, 23 de junio de 2011
miércoles, 1 de junio de 2011
De por qué la yo de ahora le teme a la del futuro.
Había olvidado lo que se sentía pensar en el futuro y poder imaginar un panorama que no me dejase indiferente. Bah, había olvidado lo que significaba pensar en el futuro, y punto. Debo admitir que no recuerdo si las manos me temblaban desde antes de tomarme esa taza gigantesca de café bien negro (mi pequeña revolución en la cotidianidad: un "shock" entre mis compañeros de trabajo), o si fue el exceso de cafeína lo que provocó el ciclo de descargas eléctricas que desembocaban por las puntas de mis dedos. No sé. Sí sé que por las noches media hora de sueño sirve para engañarme por unos instantes: la luz del tiempo que quema mis ojos no miente. Varias veces debo entregarme al calor de la cama, abrazando la almohada, porque el aire es frío, helado, y desvanecerme entre historias protagonizadas por pocos personajes y demasiadas caras. Tampoco me sorprende que los dedos deslizándose por estas teclas vistan harapos corroídos por la ansiedad. ¿Y llaman a esto mirar al futuro? ¿Consumir toda mi energía a mitad de jornada para luego debatir como soldado alerta en turno de guardia? ¿Y qué sentido tiene? Ella que observo desfilar en una plétora de imágenes exprimidas de todo encanto, como epílogo apurado, no soy yo. Una Potencial, como las hay tantas otras, como las hay infinitas. Allí, un segundo más allá, soy absoluta, inconmensurable; perfecta. Aquí soy una. Soy débil y soy limitada. Entonces, dime, ¿qué objeto tiene mirar más allá, cuando el más allá traerá, irrevocablemente, la decepción?
martes, 10 de mayo de 2011
De por qué ya no saludo al sol.
Siempre me pareció que arrugo demasiado los ojos cuando me da el sol en la cara. Qué extraño, como algo tan bello y brillante, pueda provocar un gesto tan desagradable en mí. Quizás sea todo eso de los excesos. Aquello de que nada es bueno en demasía. ¿Bueno? ¿Quién dijo que tenía que ser bueno? Dios, si hiciéramos las cosas por lo buenas que son para nosotros mismos, la vida dejaría de serlo. Qué divertido. De cualquier forma, es evidente que a alguien se le pasó por alto el encanto que tiene la desmesura. Pero a no precipitarse, que nadie está hablando del descontrol total. No, a eso no me atrevo. Quizás de eso no se vuelve, ¿quién sabe? Hablo de la pérdida momentánea de la identidad. Hablo de esos momentos en que el deseo funciona, simultáneamente, como la chispa y el fuego, como la gasolina y el acelerador, ambas imágenes inflamables, lo admito, tal vez afectadas por lo recurrente del sol en mis sueños. Y cierto es, también, que tienden a consumirlo a uno tan vehementemente como al leño las llamas. Y pareciera, además, que el humo impidiese ver más allá, y que ya no quedase nada más que el ardor inclemente del fuego, la cotidianidad esfumándose, el tiempo derritiéndose hasta formar una gran masa de horas y minutos, cuya única función pareciera ser cronometrar la duración del delirio. Y luego viene la nada. La dulce calma luego de la tormenta. El cuerpo endeble y el alma desnutrida luchando sin armas contra la vacuidad. El respirar desesperanza, la misma existencia un castigo. L'ennui. Por eso no me engañas, pequeña estrella. Podría ahogarme en tus campos de lava, dejarme sosegar por tu lumbre fogosa, podría, ay, porque eres bella de verdad, pero yo sé que arderemos juntas hasta que la hoguera se haya acabado y ya no quede nada. Tú serías un montón de rocas, y yo, una sombra. Así es que si volvemos a encontrarnos, no te ofendas si elijo rehuirle a tus caricias: el atractivo siempre es mayor a la distancia.
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